lunes, 8 de mayo de 2023
A modo de diario.
En un solo día quedó sin hojas. Ni una sola hoja en una sola hora de mucho viento. El fresno otoñado hacía que la calle estuviera iluminada como si tuviese corona, una de oro, un sol propio a la altura de las manos. Había que estirarlas, estirar las manos hacia arriba, hacia ese sol, hacia esos pedacitos de sol que se podían desprender si uno se estiraba y tocaba las ramas. La redondez de la copa, todas las hojas amarillas, que eran muchísimas y cubrían hasta la mitad de la calle y un poco más, como un tinglado. Todas y de golpe se cayeron, por el viento que vino a sacarnos ese sol que nos había ocurrido. La luminosidad del amarillo puro, más amarillo imposible, como una puesta en escena, algo que uno no podía dejar de mirar. Los ojos solos iban ahí al espectáculo de oros y se quedaban prendidos en el reflejo dorado como mariposas obnubiladas. Ahora, tras el revoloteo del viento, quedó el árbol pelado, quieto. Como el esqueleto de una garra. Ya el viento no empuja nada. Tampoco hay viento ya. Y no hay nada que empujar.
Katy Herendi
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