jueves, 6 de julio de 2023

Lectura y todo lo demás

 Te sentás al sol. El día está ventoso pero tenés un lugar reparado junto a la pared que está tibia y te gusta. Dejás la silla, elegís el suelo, junto a la tibieza de la pared. Abrís el libro. Te tomaste un buen rato en encontrarlo. Justo aquel. Son cuentos que ya leíste, pero hace tanto tiempo que es como si fuesen nuevos. Así es tu memoria. Te preguntás si eso puede ser un indicio de Alzheimer. Qué sabés. Qué podés hacer. Dejás correr las hojas: el viento colabora casi por demás. Elegís un cuento. Te gusta el título. Leés. Cómo no te acordás de este cuento si está todo subrayado. El viento tira un toallón al pasto. Dejás el libro y vas hasta allá, adonde el toallón al caer formó ese nido en el pasto, pensás en la paloma que por esos días está haciendo su nido en el liquidámbar de la calle.  Recogés el toallón, lo volvés a acomodar en el tender,  mirás tu jardín. Espera la primavera, la presiente. Las calas tienen hojas nuevas. Pareciera que la planta se dividió en tres;  recordás la hojuela con dos insípidas raíces enclenques que plantaste el verano anterior. Te preguntás cuándo dará sus flores. Viste otras calas en casas del barrio; son verdaderos matorrales y ya están en flor. La tuya no todavía. Pero en cualquier momento. Volvés a sentarte junto a la pared. El mate está frío ahora. Cargás agua y tomás, dos veces, uno frío, el otro tibio, quizás el tercero. Pero no. Hay que empezar todo de nuevo,  calentar el agua, cambiar la yerba. Entrás a poner la pava al fuego, tirás la yerba, ponés nueva. Sacás  un cigarrillo pero no lo encendés,  te quedás junto a la puerta de la cocina a esperar el agua. Contás los cigarrillos que quedan en el paquete. Contás cuántos quedan, calculás,  abriste el paquete ayer, te quedan…, bueno, no fumaste tanto. No tanto, te convencés. Cargás el agua, salís con el mate, el termo, los cigarrillos. Te acomodás al sol. Cerrás los ojos con la cabeza apoyada en la pared. Olvidaste el encendedor. Te levantás para buscarlo, tal vez en la cocina, pero no,  o en tu cartera. Vas hasta el dormitorio y volvés sobre tus pasos al cajón de los cubiertos, y porqué deberías haberlo puesto allí, y al final está sobre la heladera, y volvés a la largada. Al sol que ahora está más fuerte. El libro en tus manos por décimo quinta vez. Ahora sí.

La gata se hace un lugar, pisa tanteando y se acurruca en el hueco que forman tus piernas. Descubre el mate.  Olisquea. Se va. Estás con tu libro abierto, al sol. Un momento para disfrutarlo por entero. Mirás el verde que te rodea. Plantaste hijuelos de bulbines, diez, once. Los rodeaste con fragmentos de los troncos del ginkgo biloba que todavía te apena haber tenido que quitar. Y a pesar de que está tirado sobre el pasto, a lo largo, desde hace meses, brota. Te duele más.  La gata se afila las uñas ahí. Tomás mate, empezás el cuento otra vez. Hay tanto viento. Mirás si las piedras que colocaste no se van a volar. No. No volarán. Anunciaron tormenta para la noche y ráfagas. Basta con tantas estupideces, son pesadas y no se van a volar. Abrís el libro. Quedan bien ahí los bulbines. Pronto cubrirán todo ese espacio y darán sus florcitas naranjas. Mirás el libro. Leés el título del cuento. Volvés atrás unas páginas para recordar el autor. Ah, claro. Sí. El señor de al lado  sale a su jardín y a través de la ligustrina algo escasa te descubre sentada al sol y pregunta a modo de saludo si estás sentada al sol. Con que le respondas Hola, solamente, será más que apropiado. Ya se va a dar cuenta de que estás leyendo. Empezás a leer. Un ruido llega del lado noreste. Por el cielo. El sol te ciega. Parece una avioneta vieja. Por el ruido. Una avioneta de guerra, pensás. Las de guerra modernas no hacen tanto ruido. Y qué sabés vos de avionetas.  El encendedor no funciona más. Vas a encender tu cigarrillo a la cocina, con los fósforos. Tu hijo te pregunta si falta mucho para almorzar.   Le respondés que no, que enseguida vas a calentar la comida, que estás leyendo algo, un minuto nomás.  Volvés al jardín. La gata se  acostó sobre tu suéter. Levantás el libro, lo abrís.  Ya no sabés si ponerte a leer. Tenés que preparar un almuerzo.



Katy Herendi (2011)







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