Dicen que les gusta mi color. Que el borde de oro luce un poco gastado pero que no importa, que cualquier descuido podría quebrarme, entonces, no serviría para nada. Sería un manojo de vidrios azules rotos y tendrían que tirarme. A veces discuten por mí. Es incómodo, también halagador. La persona alta me cambia de lugar con cierta frecuencia. Cada vez que viene. Ahora estoy entre los libros porque dice que así me cuida de caer al vacío. Yo creo que lo hace para que las otras personas no me encuentren. De momento vivo en la quinta estantería de la biblioteca, cerca de un Henry James reflexivo pero más cerca todavía de un libro rosado de Katherine Mansfield. Me gusta ella. Hay días en que huele a budín de limones por aquí, a té de manzanilla; eso me transporta a ciertas tardes en la pastelería donde se servía té. Otras personas, tiempos y lugares. Las personas tomaban el té con alguien más o solas.Tenían la costumbre de arrancar una flor de los ramitos que solían colocarme para después guardarlos entre las hojas de cuadernos. De libros. O entre las hojas delicadas de una carta. Según la estación, los ramitos podían ser de nomeolvides, manzanillas o violetas. A veces rosas blancas, diminutas. Las florcitas de nomeolvides junto con las alegres gypsophilas combinaban armoniosas con mi azul transparente. También las violetas. Tenían gracia, eran atrevidas, escuchaban con atención las conversaciones en la mesa como si les importará, luego intercambiaban murmuraciones hasta quedar marchitas. En las mañanas, las dos señoras que preparaban los ramilletes recibían las flores de los grandes ramos que traía una mujer, de cabellos blancos, cofia y delantal, que llegaba con su canasta repleta. Qué fuerza tendría esa mujer. Su canasto era enorme y perfumado. Siempre estaba con prisa, pero jamás se negaba a un scon recién horneado. Pasaron muchos años. Tantos. Pasaron guerras, pasé de manos, estuve guardado en lugares que ignoro. Y ahora estoy aquí, entre estas paredes, en medio del silencio otra vez, en un barrio arbolado. La señora que me cuidaba con tanto esmero ya no está. Todavía queda su perfume en todos los objetos alrededor. Las otras personas que dicen gustar de mi color azul son nuevas para mí y no conocen nuestra historia, ni estaban el día en que la señora que me cuidaba con tanto esmero y yo nos vimos por primera vez en la casa de antigüedades de la avenida. Nos dio tanta alegría conocernos. Como si nos conociéramos de antes. La mujer de la casa de antigüedades le contó mi historia. Entonces, la señora que iba a cuidar de mí con tanto esmero me tomó entre sus manos delicadas, llenas de surcos suaves, acarició mi borde dorado, me miró al trasluz. La otra mujer me envolvió entre papeles de seda. Llegamos a esta casa. Nunca colocó en mí una sola flor. Decía que yo era muy viejita, frágil, que no estaba para esas cosas. Me tenía detrás de un cristal, en aquel otro estante, el que tiene las puertitas. Ahí me daba la luz de la tarde, muchas veces dorada. Era un sueño recibir al sol justo antes de la hora nocturna. Yo quedaba con su tibieza. Juntos, el sol y yo, dibujábamos formas azules en el fondo de ese estante, como marcas de agua o como el fondo de un mar. Eran como sueños, solía decir la señora que me cuidaba con tanto esmero. Sueños color añil. Nos quedábamos los tres hasta que el sol se ocultaba y después éramos solo la señora que me cuidaba con tanto esmero y yo. Ahora no veo el sol, me guardan de nuevo en la oscuridad. Qué será de mí.
Katy Herendi (2023)
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Imagen: vía Pinterest sin mención de autoría.
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