martes, 12 de septiembre de 2023

Estar entre sus cosas



Seguí yendo para cuidar las plantas, regar, quitar el hollín. Para que el departamento no se viniera abajo. Seguí yendo porque la extrañaba. También por eso. Más que nada por eso.  Mantenía con vida a sus retoños   como  lo hubiera hecho ella. Ella los llamaba así, mis retoños. Supongo que es lo que hubiera deseado, que alguien los cuidara pero no estoy tan segura. Detestaba que alguien estuviera en su departamento si  no estaba. Aunque fuera su hija.  Los lazos de amor, los helechos, las alegrías se habían multiplicado y con la primavera nueva estaban  exuberantes.  Ella no vería eso. Me daba bronca esa exuberancia; que las plantas estuvieran creciendo así. Yo le decía que no las regara tanto, que no hacía falta agua todos los días y menos en invierno. Ahora a fuerza de no vivir cerca las regaba cuando iba, una vez por semana o dos, o ninguna, depende. Pero estaban bárbaras y me daba bronca un poco. Después me daban pena, qué culpa tenían, Qué sabían las plantas sobre que ella había muerto.  Ella hablaba por épocas  de su jardín, decía que había comprado tierra para las macetas, y macetas nuevas, piedritas, unos cactus, echeverias;    las plantas crecían. Tenía malvones,  algunas petunias también. Gajitos que las vecinas le regalaban. Las petunias habían vuelto a brotar. Al lado de la ventana había un manojo de iris violeta y otro celeste. Una maceta grande con un arce japonés, su preferido. Entremedio un duende que no sé dónde compró y yo pensaba que para qué. Después me arrepentí de pensar así pero un duende me parecía una mersada. Un día tiré el caramelo que ella le había dejado en una mano; estaba derretido, deshecho. No puse otro caramelo en su lugar. Me acuerdo que decía que era por el duende que las plantas estaban contentas. No sabía qué responderle cuando afirmaba  este tipo de cosas. Tendría que haber dicho, claro, sí, por supuesto. Indudablemente. Pero no me sale natural decir lo que no siento. No me gusta. 
También iba para conservar el orden del departamento, aunque no había quien desordenara, pero en realidad lo que tenía que empezar a hacer era vaciarlo.   Limpiaba los vidrios, el balcón, sacaba las hojas que traía el viento,  montoncitos en los rincones y entre  las macetas,  que además se acumulaban en el sumidero y  tapaban el agujero por donde se escurría el agua de la lluvia o del riego.  Desempolvaba  el piso alfombrado con la aspiradora. Al principio ni siquiera me atrevía, por el ruido. Se mullía como un gato acariciado.  Repasaba la cocina que nadie utilizaba. Un día una amiga me preguntó qué estaba haciendo,  para qué,  entonces me lo pregunté también. Por qué conservaba todo como si ella fuera a volver. Como si fuese un museo o algo por el estilo. Me costó mucho  asumir su ausencia, aceptar el silencio inmaculado en el que se había sumergido  su casa. Pasaba enfrascada tiempos prolongados intentando   recobrar sus gestos, de qué hablamos la última vez, o el tono de su voz, el tono exacto, a partir de alguna frase que todavía conservaba fresca. A veces me acurrucaba en un sillón para estar ahí. Solo eso. Dejaba que corriera el aire, que se llenara de aire nuevo el departamento. Las cortinas blancas se hinchaban como velas de veleros, como si  el departamento pudiera ponerse a navegar repleto de sol y pájaros para rumbear quien sabe hacia adónde. Qué sentido tenía todo eso. Era  como una ofrenda, algo que hacía como si ella pudiera estar viendo, como si le pudiera importar,  como si de ser consciente a ella no le hubiese dado rabia morir.  Un rito sin sentido alguno, pero que por ese tiempo sentí necesario. Quizás era parte de la despedida. Quizás no conozco otra forma de despedirme. No sabía qué otra cosa hacer. Tal vez no tenía que hacer nada, pero igual necesitaba eso, terminar de entender su muerte temprana.  Llenarme de ritos, de acciones, de aceptar. Estar entre sus cosas, mirar lo que ella veía, tocar sus libros, su jabón, su ropa, sentarme en el sitio  de la cocina donde solía desayunar. Qué veía ella entonces.  
Los estudios médicos,  después de meses seguían en la mesa del comedor, justo donde ella los había dejado. Una torre de estudios que nadie tocaba.  Saludaba cada vez que entraba y encendía la luz, y volvía a saludar cuando me iba y la apagaba. Pedía permiso para abrir sus cajones y sus muebles. Para llevarme un libro. Me llevé muchos.  Todo exhalaba su perfume.  Me sentaba  en los sillones del living  a pensar en nada,  a estar entre sus cosas; a mirar los cuadros, las lámparas, las teclas de
las luces, las carpetitas a crochet. Imaginaba su voz desde la cocina preguntando si quería tomar un té. Había  recuerdos que conservaba frescos, con imágenes tan nítidas como recién ocurridas.  Ella era vital, hacía muchas cosas. Todo lo contrario a mí.  No soportaba mi melancolía, que todo me pusiera un poco triste.  Yo tampoco. Hubiera detestado lo que yo hacía entonces. Mi madre lo hubiera resuelto todo en muchísimo menor tiempo. No tengo dudas. 

Me gustaba salir al balcón a fumar y mirar esa calle que ella veía todos los días. Su paisaje.  Los árboles gordos,  centenarios, tan altos que formaban una cúpula de sombras sobre la calle.  Plátanos, creo yo.  Me gustaban esas calles. Amo el barrio. De verdad lo amo. Ahora me doy cuenta. Las últimas veces que caminé por esas calles con cierta cotidianeidad tuvo que ver con ella. Con esto. 
Hace un tiempo largo de esto. Sigo pensando en ella todos los días, pensar que discutimos tanto. La extraño y la extrañaré siempre. Me traje algunos gajos de sus plantas; crecen a pesar de mi torpeza. También me traje al duende, está entre las plantas. No le doy caramelos. 



Katy Herendi

(2023) 

 

Arte: Adolph von Menzel 
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