miércoles, 19 de junio de 2024

Estructuras inalterables

(*)
El lápiz, una goma de borrar, la lapicera junto al espiral del cuaderno abierto,  doblado al medio. Las hojas cuadriculadas. Los ojos de Fernanda siguen los movimientos de lo primero que ve al entrar: Ana María al otro lado de la mesa. De pronto la invade un perfume en el aire, y un agobio, ahí  nada parece cambiar.  Nunca.  Mientras tanto, ella, que ha llegado tarde por primera vez, se acomoda en su lugar de siempre, asignado por la repetición y la costumbre,  intentando en vano pasar desapercibida. Ahora, Ana María, el pelo. Ana María toma el mechón de pelo que cae sobre su ojo derecho, hace un tirabuzón que enseguida suelta,  lo acomoda detrás de su oreja derecha. Enseguida se va a soltar. Lo hace siempre. Antes de empezar a leer repite esas acciones.  Lo hace siempre. Siempre. Son los nervios por leer en voz alta delante de todas, dice. Lo dijo mil veces.  Fernanda se pregunta por qué cree que esos movimientos le van a traer algo de calma. Para qué sigue repitiendo esa excusa. Por qué no se queda quieta y lee nada más. Ana María no mira a nadie. Solo las hojas impresas que trajo dobladas dentro del cuaderno, ahora desplegadas, sostenidas entre sus dedos. Tiemblan las hojas  igual que le tiembla la voz. Ana María lee.  No levanta la mirada hasta que termina.  Luego espera los comentarios de las demás. Fernanda mira a cada una de las mujeres sentadas alrededor de la mesa. Lo hace siempre, lo hace como una filmadora, a veces  precisa reimprimir nuevas  imágenes a las que trae selladas en los ojos, para borrar las anteriores. Se encuentra con la mirada de Mora pero la saltea. Oye los comentarios, halagos, sugerencias hacia  el texto de Ana María, como quien escucha una conversación globosa, como si tuviera la cabeza sumergida en  agua densa como mercurio mientras una conversación sucede fuera de la piscina. Algo así. Algo que sabe que ocurre pero es indescifrable. Trae grabadas las discusiones de su casa, un portazo, un vaso reventándose contra la puerta blanca. El hilo de whisky deslizándose desganado y escaso.  Los cristales esparcidos en el suelo,  brillando según cómo le dan las luces. Los hielos derritiéndose.  Era un lindo vaso.  Todas blancas las paredes, impecables.  Impolutas como las de una capilla de campo. Fernanda se acomoda en la otra cabecera de la mesa. Intenta pasar desapercibida, empuja la silla que apenas susurra sobre la alfombra. Igual la miraron todas, apenas, alguna para sonreírle, un saludo en silencio pero amable.  La que no mira es ella. Hoy llegó tarde. Mora, en la cabecera opuesta,   no le quita los ojos de encima, abre el libro en la página que tiene marcada con una tira de papel,  las otras mujeres toman distintas actitudes. Es como un oleaje suave. Una coreografía de briznas  movidas por un viento ligero.  Cada una acomoda su forma de estar, cada una se rodea de los objetos que configuran su espacio, pequeños fuertes que luego se irán desdibujando cuando lleguen el té y el budín de naranjas, cuando las risas desarmen las defensas que algunas traen. Dora acomoda el cuaderno y un lápiz, siempre trae el mismo tipo de lápiz.  Amarillo y negro. Con franjas a lo largo. Debe tener mínimo cien lápices iguales,  la punta filosa recién sacada. Carla pone las manos sobre su libreta. Los dedos entrecruzados. Apretados hasta dejar sus nudillos blancos.  Como si fuera a rezar. Teresa siempre busca algo en su bolso, mira el celular, se asegura de que ha bajado el volumen. Lo dice bajito como para sí. ¿Bajé el volumen? Ah, sí.  Vuelve a fijarse  casi enseguida. Repite, sí, sí. Se pone crema en las manos. Mora dice que va a leer un cuento de Alice Munro, muestra la portada que ya todas vieron.  Es casi lo primero que buscan ver. Los libros que trae Mora para leer. Las lunas de Júpiter, dice. Y que lo eligió recién, un poco al azar porque es corto.  Porque por esperar, dice,  empezamos un poco más tarde.  Mira a Teresa, pero Fernanda sabe que la mirada es para ella que está sentada junto a Teresa; porque llegó tarde. Fernanda la observa. Ve las uñas pintadas hoy, los ojos con un delicado delineado, las cejas más marcadas. Piensa que Mora va a salir, tiene una cita, se le nota. Mora anuncia que  va a contar quién es Alice Munro pero lo único que  dice es que acaba de ganar el Nobel de Literatura y que es canadiense. Y divorciada. Mira a Fernanda,  la mira como si quisiera dejarle una marca, el resto parece advertir que ahí pasa algo que se les está escapando, cruzan miradas furtivas.  Arquean las cejas, los labios, se preguntan  qué le pasa a Mora.   Ninguna   sabe que mientras Mora empieza  la lectura seguramente Fernanda está pensando en la puerta que acaba de cerrar despacio, demorando la última vuelta de la llave, la cabeza vuelta hacia la ventana de arriba iluminada en ocre por la lámpara encendida de la mesa de luz que seguirá viendo, mientras se va y hasta que doble en la esquina.  Que antes de arrancar subió al auto y se preguntó si iba a llorar. Pensó en los bolsos escoceses verdes  sobre su cama, en la casa en la que hasta hoy compartían con Mario.  Arranca y se imagina  en el dormitorio  espiando  a  Mario que estará de pie, con la rodilla derecha  ligeramente  flexionada, un gesto adquirido en los últimos años, un pie golpeteando el suelo como si tratara de encontrar el ritmo que su vida perdió en algún momento. Las manos en la cintura con los dedos tamborileando ante el vestidor retirando sus remeras de los estantes. Con cuidado. Tal vez por colores. Tal vez eligiendo qué llevar. Una pila junto a otra. Con ese modo prolijo y esmerado que tiene para ordenar y distribuir las cosas en las valijas y los bolsos. Haciendo los bolsos como cuando iban de viaje, optimizando los espacios disponibles. Las remeras, los pantalones, los sweaters suaves, de buen gusto, los perfumes.  Lo imagina  de rodillas inclinado ante los libros de la biblioteca. Si al menos fuese un tipo más dejado. Menos amable, menos considerado.  Dolería menos.  La voz de Mora de fondo, como el sonido de una radio a transistores: “ que los sueños son ridículos, que las cosas nunca resultan ser como se esperaba …” la frase   la envuelve como una nube tóxica, se le cae encima, la aplasta. Mira a su alrededor como si acabara de despertarse. Como si alguien le hubiese arrojado una pelota de barro. Por qué está ahí. Siente que el fragmento la vuelve frágil, se siente expuesta, revelada ante las otras. Ella que siempre es discreta, tan de no contar, tiene la sensación  de que  todas saben. Como si fuese ella quien estuviera en falta. Pero no, qué saben todas esas mujeres  de su vida. Tendría que haber ido a una confitería, a la casa de alguna amiga, sin embargo está ahí donde no tiene obligación de decir nada. Donde sabe que no va a levantarse como una loca, recoger sus cosas, y solo desaparecer porque después debería explicar. Oye las palabras, el sonido parejo, la hilera de palabras dichas con la misma entonación casi sin matices, como pequeños ladrillos ordenados. Como una lluvia.  Puede estar muda por dos horas allí, lejos, mientras en su casa ocurre eso que modificará a partir de esas horas todo el resto de su vida. Mira la mesa alrededor, no a las mujeres que están allí sentadas escuchando. Ahora será una mujer sola, alguien a quien su esposo ya no ama. Lo dijo clara y suavemente. No la ama, hay otra persona en su vida. Mora la mira, Fernanda recuerda cuando Mario la fue a buscar a la salida, todas las semanas que estuvo sin auto. Ellas conocen al hombre de quien ella no va a hablar. Al hombre que ya no la ama. Siente la mirada amable de Selena. No le va a contar, pero quizás si quisiera hablar con alguien podría hablar con ella. Pero no esta vez. No va a hacerlo pero pensar en eso la tranquiliza. Saber que podría elegir  al menos a una persona de ese grupo la hace sentirse parte del grupo.  Qué va a hacer ahora cuando tenga que volver a su casa apagada y fría.  Cómo se va a sentir eso. Mora la mira cada tanto, la mira como se mira a un bicho de laboratorio, la estudia. Siempre tuvo la impresión de que a Mora ella no le caía bien, seguro algo le va a decir, algo que no le va a caer bien y ella va a tener que aguantarse para no responderle mal. 

Fernanda no trae a la mesa su intimidad; las otras usan la clase como una especie de terapia cotidiana. No siempre, pero muchas veces las clases se transforman en una terapia de mujeres. Y cuentan, se desahogan, lloran, salen un poco más aliviadas y después todas se abrazan y sonríen. Muchas veces se matan de risa. Eso pasa. Fernanda cree que, para ese grupo, si ella hablara alguna vez sería una muestra más de afecto que de confianza. Quizás Mora, la mira distinto a las otras porque es la única que mantiene la boca sellada, impenetrable, con sus sentimientos eclosionando por dentro. Cavando túneles, encendiendo hogueras.  Por fuera se mantiene como siempre fue, elegante, discreta, medida, con todas sus estructuras inalterables, como esas casas europeas antiguas que se conservan siempre iguales, a pesar del paso del tiempo, aunque estén imperceptiblemente ajadas, iguales, idénticas, uniformes, sin sorpresas, mientras  por dentro todo es otra cosa, algo que desde afuera no se puede ver. Un volcán. El dolor no expuesto no se ve. Su runrún mental se interrumpe de golpe cuando Mora, dice bueno, nos vemos la semana próxima, y el ruido de las sillas, la última charla con risas, besos y abrazos, te llamo, nos vemos, te traigo el libro, ¿alguna va para la avenida?  Fernanda  se levanta de su silla, lentamente como si le pesara el cuerpo, como si se hubiese quedado dormida en el tren y acabara de despertarse en una estación que no conoce, se pasó de la parada, cómo va a volver ahora. Todo se vuelve lento, viscoso, demorado. Y no queda otra que irse. Es la hora de volver. No quiere pensar en el vacío, en los nuevos huecos sin cosas, alguna lámpara o un cuadro que habrá dejado una huella en la pared. Recoge las pocas pertenencias que dejó sobre la mesa, un cuaderno y un lápiz que ni siquiera tocó. El estuche de sus lentes. Las llaves del auto.  Solo queda Mora que tiene que cerrar.  Mora y el perfume que sintió durante toda la clase y que ahora nota que era de Mora.  Fernanda la saluda con la cabeza. No puede hablar. Mora se acerca,  la detiene, le dice,   ¿Querés que lo hablemos? 

Fernanda siente un dolor en la espalda. Un dolor como una pequeña culebra. Algo sordo que la atraviesa. La cabeza le va a explotar. Sabía que era ella. No podría explicar por qué ni aunque hiciera el esfuerzo. No le responde. No la mira.  La noche está suavemente iluminada por los faroles, hace frío, se acurruca en el auto. Antes de arrancar el auto se pregunta si va a llorar. No va a llorar ahora.  Arranca.  Ve a Mora de pie en medio de la calle cada vez más pequeña en el espejo retrovisor. Un punto, una nada. 






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(*) Ilustración: Sleeping Adrianne de Janet Hill


 

#KatyHerendi

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