Lleva caracoles en los bolsillos. Sus tesoros del verano. Cada uno tiene el nombre que la niña les puso. Solo ella los conoce. Quizás deje a Imelda, la estrella de mar, para el ángel que todos ven de piedra, y que volteó la tempestad. La niña sabe bien que a los ángeles les gustan las estrellas y que las estrellas de mar anhelan ser parte del cielo. La niña también sabe que ni el ángel ni los caracoles, tampoco el que ella llama Imelda, carecen de corazones, dos que laten tibios, tan suaves que nadie los puede percibir. Por eso los obsequios. Para el ángel Imelda y para Imelda el ángel.
Katy Herendi, 2025
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Imagen de Pinterest (no menciona autoría)
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