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| (*) vía Pinterest |
El colectivo era el mismo con el que iba todas las mañanas a la secundaria, sin embargo, el feriado escolar hizo de ese hecho cotidiano algo distinto, como si nunca hubiera ocurrido. El horario, el sol alto, las baldosas de las veredas mojadas, recién baldeadas, las persianas levantadas de las casas y de los negocios de la avenida, la verdulería con los cajones de frutas afuera, ordenados, repletos de colores, los vecinos andando por la avenida, algunos con bolsas de las compras, algunos en conversaciones al paso, la cuadra donde a veces había feria con feria, todos los puestos sobre la calle, los bares con el aroma a café y a medialunas tibias, la gente dando vueltas. Todo era distinto, dinámico, luminoso; casi alegre.
Ella sale todos los días al mismo tiempo que la mamá, cuando todavía sigue siendo noche. Cada una espera su colectivo en la parada de la esquina, en diagonales opuestas. La madre va a su trabajo, ella va al segundo año del nacional. Los colectivos, la misma línea de un lado y del otro, llegan a la parada y ellas que ya se despidieron antes con un beso distraído, se saludan de enfrente agitando las manos, trepan a sus respectivos colectivos y cada una se aleja, en dirección contraria. Al colectivo de ella se van sumando otros chicos y chicas también de su escuela, más grandes, más chicos, a los que mayormente conoce solo de haberlos visto allí mismo, en el colectivo. Ve a algunas maestras de la primaria, algunos profesores de la secundaria. Al llegar a la parada de la escuela el colectivo queda desinflado y desierto mientras la mayoría de los pasajeros bajan juntos y como una hilera de hormigas se desperdigan por los recovecos del colegio. Por qué piensa en eso ahora. Las imágenes se cruzan ante sus ojos en un segundo plano. Viaja con la cara vuelta hacia la ventanilla, atenta como una turista, como quien mira un paisaje urbano a la espera de descubrir algo que nadie vio antes, algo extraordinario y solapado, sin embargo si alguien le hubiera preguntado dónde se encontraban en ese momento no hubiera podido responder de inmediato. Pronto llegaría al encuentro. Llegaría más o menos puntual. Y qué tenía que decir. Cómo tenía que actuar. Cómo presentarse, cómo empezar a conversar. Ensayó saludos casuales en su cabeza. Solo faltaban tres o cuatro paradas. Tres o cuatro nada más, tan cerca estaba.
Su cara y sus hombros iluminados por el sol se reflejaron brevemente en la ventanilla. Como un espejo fugaz. Se pasa las manos abiertas sobre las diminutas flores celestes del estampado de su vestido. Piensa, cómo me verá. Vuelve a dudar sobre si ese vestido era el adecuado, si no es un poco infantil. Se pregunta si lo va a encontrar, si él irá. Y ahora piensa que ojalá que no. O que ojalá no la vea. Ojalá que él no se dé cuenta de que es a ella a quien espera. Un escalofrío la recorre. Cierra la ventanilla. ¿Serán capaces de reconocerse? ¿Será capaz de adivinar que él es él? ¿Tendrá su cara algo que ver con su voz? No le había inventado una cara. No le preguntó cómo era. Ni siquiera cuando él sí le preguntó cómo era ella. Mucho menos imaginó una persona completa, alguien con cosas que hacer, aparte de hablar con ella por teléfono, alguien con una vida, con padres, un perro con el que salir a caminar. Alguien que escuchaba los discos que decía escuchar. Él dijo que estudiaba arquitectura pero no lo imaginaba haciendo cosas de ninguna índole. No lo imaginó de ningún modo. Nada. Ni le otorgó un nombre hasta que él quiso saber el suyo. Ella le había dicho que se llamaba Maribel. Entonces él dijo que adivinara cómo se llamaba él, a ella se le ocurrió Luis y él dijo que sí, que había adivinado, que se llamaba Luis; ella iba a decir más nombres, unos cuantos más; iba a decirle Beto también, como le había puesto a su gato, pero le dió no sé qué que se llamara igual que su mascota. No le creyó que se llamaba Luis, pero no lo dijo. Igual nunca lo nombraba. Ninguno nombraba al otro después del Hola. Después del ruido de la horquilla que era como se llamaban. Ella tampoco era Maribel después de todo. Por qué no se había tomado el trabajo de imaginarlo. Alto o mediano, gordo o flaco, o de alguna manera. Seguro que cualquiera de sus amigas del colegio hubiera preguntado cómo era, cuántos años tenía, si tenía coche, pero no ella. Ella no le preguntó ninguna de esas cosas. Solo conocía su voz, su risa y sus silencios. Resopló. La señora sentada a su lado levantó las cejas. Se abanicó con las manos, dijo, Calor, ¿no, nena? Ella levantó los hombros y los bajó, asintió con la cabeza. Sonrió apenas. Volteó la cara hacia la ventanilla, pensó si la señora no le estaba queriendo decir que abriera la ventanilla, miró afuera, de costado, la barrera baja desde hacía un rato. Ninguna cara tenía él para ella. Era solo la voz del teléfono; como un ente en sí mismo. Una voz dentro de la nada. Una voz un poco metálica en un cuarto. La barrera seguía baja, el colectivo esperaba. Una voz en un cuarto sin muebles salvo el teléfono negro y la espera. Por qué había pensado eso. O por qué no había pensado en eso. Recién ahora se preguntaba todo a la vez mientras iba a su encuentro. Por qué nunca se le había ocurrido que se iban a conocer. A veces cuando no sabía de qué hablar inventaba algunas cosas para contarle. Pavadas. Después le inventó un montón de mentiras, total. Él se reía y decía, me estás mintiendo y ella le decía que tal vez sí. Cómo sería. Porque cuando llegara iba a tener que mirar alrededor, distinguirlo entre gente a la que, lo mismo que a él, tampoco conocía. O quizás estaría solamente él, nadie más. O por ahí ni iba. Los pasajeros se arrimaron a uno que preguntó qué pasaba. La pregunta se repitió. El chofer dijo que no sabía, que en la vuelta anterior la barrera funcionaba. Para colmo quedaron en verse en el feriado escolar. Ni siquiera estaría abierto el kiosco. O por ahí sí. Quién iba a estar en la puerta de un colegio cerrado. Toda la cuadra vacía. Las dos fábricas con las veredas desiertas también. Pensó en bajar del colectivo y volver a su casa. Para qué le había sugerido encontrarse en esa cuadra donde no tendría dónde escaparse si él era alguien horrible, peligroso. Y él enseguida había dicho que ahí sí. Que era perfecto. ¿Ahí sí? ¿Viviría cerca? Cuando ella eligió el lugar él dijo, ah, sí, el colegio, ahí sí. Así que lo conocía. No precisó ubicarlo, ni darle una calle. Dijo el Dorrego y fue suficiente. Y pero dónde iba a decirle si ella no conocía otros lugares. Por qué nunca había pensado en cómo sería él. Antes. Un día pensó que él trabajaba en EnTel y que por eso siempre tenían los teléfonos ligados, le preguntó pero dijo que no. Que nada que ver. Que él tampoco sabía cómo había pasado lo de que se ligaran las líneas. Por la voz parecía ser de la edad que había dicho. Veintiocho dijo, después dijo veintitrés porque ella dijo, ¿veintiocho? Dijo que era un chiste, que veintitrés. Era bastante igual veintitrés que veintiocho, aunque no tanto. Un policía subió al colectivo y dijo que había que desviarse por un accidente en la vía; que tenían para rato. Otro día dijo que tenía veintiuno. Algunas personas bajaron. Ella también bajó. La gente cruzó las vías. Ella también cruzó. Se veía el tren detenido en el andén. Policías. Bomberos. Veintitrés no era tan grande pero era bastante más que la edad de sus amigos. Ella dijo quince. Él se rió y dijo que no le creía. Y por qué no le creía. Ese día ella se enojó un poco. Qué. ¿Era una chiquilina? Cómo se había dado cuenta. Para qué iba si era alguien en quien ella no pensaba más que cuando necesitaba hablar por teléfono. O cuando el teléfono hacía el cling cling cling de la horquilla y ella sabía que era él. Eran divertidas las conversaciones. Hablaban de cualquier cosa. De música, de pósters. De mascotas. Ella a veces le contaba si se peleaba con la mamá y él decía qué hacer. Era bueno para dar consejos. O cosas que le pasaban en el colegio. Pero no lo imaginaba. Le dijo que iba a tercero, segundo sonaba demasiado a nena todavía. O si alguna vez pensó en él lo imaginaba sentado esperando cerca del teléfono para conversar con ella, desde hacía meses. Qué tontería. Y después se quedaría allí esperando hasta que ella volviera a levantar el auricular. Era como tener una radio para conversar. Pero realmente no había pensado nunca en conocerlo. No estaba muy segura de querer. Miró su vestido. Tenía flores chiquitas celestes con hojitas verdes. Era suave. Bastante nuevo. Se había cambiado la ropa dos veces. No tenía mucho más para elegir porque ella no salía. La madre no la dejaba, era chica todavía, le decía. Sos chica, ya vas a tener tiempo. Las otras chicas de su curso sí salían. No todas, algunas. Iban a bailar los domingos a la tarde, a la matiné; a la noche las buscaba algún padre. Los lunes aparecían en el instituto con cara de dormidas, de tener secretos nuevos, de haberse divertido un montón, y con tanto rimmel de la noche anterior que se les pegoteaban los ojos. Ella quería pintarse igual. Y practicaba. Tenía un estuche blanco, chiquito, rectangular, que se había comprado juntando lo que le daban para la merienda y hacía como le habían explicado, un poquito de agua; sino directamente un poco de saliva y mojar el cepillito. Le encantaba pintarse así. Con ese rimel que era como un pasticho. Los ojos le quedaban como dos arañas. La madre decía que eso era cualquier cosa. Qué sabía la mamá si no usaba rimel.
Y de qué iban a hablar. Ella había planeado que si bajaba antes y llegaba caminando como si fuera otra y lo veía primero de lejos antes de hablarle, o hacía como que ella no era ella… También pensó que mejor directamente volvía a su casa. Y la cosa es que después qué iba a decir, ¿que se había perdido? , qué clase de excusa podía dar. Seguro que iba a preguntarle en el teléfono. Por qué no fuiste. Y ella, porque me quedé en mi casa estudiando. O, no me dejaron ir. Le iba a decir que se había quedado estudiando. Era lo mejor. Que tenía que levantar la nota de matemáticas. O mejor, que la mamá no había ido a trabajar porque tenía fiebre y entonces tampoco había podido avisar. De lejos se escuchaba una sirena, en la esquina vio pasar una ambulancia. Un martes de lluvia él le leyó una poesía. Era una tarde que se fue oscureciendo, ella no encendió luces, la lluvia caía con fuerza, qué poesía era, el agua se estrellaba en los vidrios, sacudía las orejas de elefante del jardín. Ella se quedó inmóvil viendo la lluvia chorreando en la ventana, la casa se oscureció un poco más. Cuál era la poesía. La voz llenó todo los espacios, se desplegó lenta, con tibieza. Nunca había escuchado a alguien leer poesía. Cortaron la comunicación sin decir nada más. Ella se quedó llorando sin saber por qué. No le contó. Un viernes ella sí le contó sobre una familia de gatos que pasaba por la medianera, de noche. Ella los veía a contraluz sin molestarlos. Después se sintió una tarada por contar lo de los gatos. Ya no sabía cómo hablarle. Un lunes quedaron en comer juntos un chocolate con almendras. El ruido del papel al abrirse, las almendras masticadas crujiendo a cada lado de la línea. Las risas. El miércoles él preguntó por qué no se conocían. Si tenía ganas. Y ella recién ahí pensó en él como una persona completa. Un ser humano entero y eso la sorprendió. Cómo nunca lo había imaginado. Hasta entonces era una voz, como si se tratara de sus pensamientos, no una persona con detalles sino como una cosa a la que había que armar y se asustó. De lejos seguían oyéndose unas sirenas. Apenas, atenuadas. Entró a comprar dos chocolates en el kiosco. La mujer del kiosco hablaba con un cliente, decían algo sobre un accidente pero ella no prestó mucha atención. Había un chocolate con almendras. Que el tren.., dijo la mujer. Dos de estos, dijo ella. La mujer la miró como si ella hubiera hablado en otro idioma. Pagó, tomó los chocolates y se quedó viéndolos como si tuvieran un mensaje para descifrar. Los guardó en el bolsillo del vestido, salió. Pensó que ya no volvería a su casa así que caminó la cuadra que restaba sin prisa. Antes de llegar tuvo miedo por si él no estaba. O porque él no le gustara. Caminó por la vereda de enfrente, se detuvo a ver. Miró toda la calle vacía, ahora más vacía por la barrera todavía sin levantar. La entrada de la escuela, a mitad de cuadra, cerrada, todas las persianas bajas, todo distinto. No había nadie en la vereda. No había nadie en ningún lado. Decidió que no iba a contar nada en la escuela. Se preguntó cómo sería su cara. Se preguntó cómo la hubiera visto él desde la vereda de enfrente, llegando con su vestido de viyela. Nunca había visto la calle tan vacía, tan vacía y quieta, tan triste. Decidió volver a su casa. Pensó que él después de todo no iba a ir, no iba a querer conocer a una chiquilina como ella. Seguro no se ligarían más los teléfonos. Mientras la barrera estaba repleta de curiosos, policías, un camión del noticiero y ambulancias se preguntó si con el tiempo recordaría su voz tal como era. Qué poesía era.
Y de qué iban a hablar. Ella había planeado que si bajaba antes y llegaba caminando como si fuera otra y lo veía primero de lejos antes de hablarle, o hacía como que ella no era ella… También pensó que mejor directamente volvía a su casa. Y la cosa es que después qué iba a decir, ¿que se había perdido? , qué clase de excusa podía dar. Seguro que iba a preguntarle en el teléfono. Por qué no fuiste. Y ella, porque me quedé en mi casa estudiando. O, no me dejaron ir. Le iba a decir que se había quedado estudiando. Era lo mejor. Que tenía que levantar la nota de matemáticas. O mejor, que la mamá no había ido a trabajar porque tenía fiebre y entonces tampoco había podido avisar. De lejos se escuchaba una sirena, en la esquina vio pasar una ambulancia. Un martes de lluvia él le leyó una poesía. Era una tarde que se fue oscureciendo, ella no encendió luces, la lluvia caía con fuerza, qué poesía era, el agua se estrellaba en los vidrios, sacudía las orejas de elefante del jardín. Ella se quedó inmóvil viendo la lluvia chorreando en la ventana, la casa se oscureció un poco más. Cuál era la poesía. La voz llenó todo los espacios, se desplegó lenta, con tibieza. Nunca había escuchado a alguien leer poesía. Cortaron la comunicación sin decir nada más. Ella se quedó llorando sin saber por qué. No le contó. Un viernes ella sí le contó sobre una familia de gatos que pasaba por la medianera, de noche. Ella los veía a contraluz sin molestarlos. Después se sintió una tarada por contar lo de los gatos. Ya no sabía cómo hablarle. Un lunes quedaron en comer juntos un chocolate con almendras. El ruido del papel al abrirse, las almendras masticadas crujiendo a cada lado de la línea. Las risas. El miércoles él preguntó por qué no se conocían. Si tenía ganas. Y ella recién ahí pensó en él como una persona completa. Un ser humano entero y eso la sorprendió. Cómo nunca lo había imaginado. Hasta entonces era una voz, como si se tratara de sus pensamientos, no una persona con detalles sino como una cosa a la que había que armar y se asustó. De lejos seguían oyéndose unas sirenas. Apenas, atenuadas. Entró a comprar dos chocolates en el kiosco. La mujer del kiosco hablaba con un cliente, decían algo sobre un accidente pero ella no prestó mucha atención. Había un chocolate con almendras. Que el tren.., dijo la mujer. Dos de estos, dijo ella. La mujer la miró como si ella hubiera hablado en otro idioma. Pagó, tomó los chocolates y se quedó viéndolos como si tuvieran un mensaje para descifrar. Los guardó en el bolsillo del vestido, salió. Pensó que ya no volvería a su casa así que caminó la cuadra que restaba sin prisa. Antes de llegar tuvo miedo por si él no estaba. O porque él no le gustara. Caminó por la vereda de enfrente, se detuvo a ver. Miró toda la calle vacía, ahora más vacía por la barrera todavía sin levantar. La entrada de la escuela, a mitad de cuadra, cerrada, todas las persianas bajas, todo distinto. No había nadie en la vereda. No había nadie en ningún lado. Decidió que no iba a contar nada en la escuela. Se preguntó cómo sería su cara. Se preguntó cómo la hubiera visto él desde la vereda de enfrente, llegando con su vestido de viyela. Nunca había visto la calle tan vacía, tan vacía y quieta, tan triste. Decidió volver a su casa. Pensó que él después de todo no iba a ir, no iba a querer conocer a una chiquilina como ella. Seguro no se ligarían más los teléfonos. Mientras la barrera estaba repleta de curiosos, policías, un camión del noticiero y ambulancias se preguntó si con el tiempo recordaría su voz tal como era. Qué poesía era.
© Katy Herendi
(septiembre 2023-abril 2024)
(*)La imagen publicada es de Pinterest. Derechos de su autor, no estaba mencionado.
#cuento #KatyHerendiEscritora #KatyHerendi

Hola Katy! Me encantó éste cuento.
ResponderEliminarTan propio de una adolescente dubitativa,insegura,anhelante...
Es hermoso! 💖
Muchas gracias por tu lectura y tu comentario, Susana!! 🌿🌹
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