Teros, loros. Gorriones eléctricos, amistosos caramelos atigrados, gorriones amarillos como girasoles diminutos. Chingolos, palomas, calandrias. Horneros, zorzales, benteveos. La mañana está repleta de trinos. Puro escándalo. Una paleta de colores forma manchas, como islotes en movimiento mínimo y constante como un oleaje entre el pasto. Decenas de mirlos.Los caranchos, al otro lado de la plaza, inmóviles. En silencio. Vigilantes.
Caminar los días otoñales. Los ojos curiosos, enfocados en lo que hay, a todo lo que hay aquí, ahora mismo: a esta naturaleza desatada. Solo los pájaros, los árboles desnudos, los nidos que ahora se dejan ver, abandonados en las axilas de las ramas.
Colores, texturas, aromas que el viento reparte. Grises, blancos cristalizados, ocres dorados, verdes. El humo exhalado por las chimeneas, dispersas columnas que se confunden y se deshacen en el infinito cielo acerado. Los eucaliptos fragantes, las hojas podridas en las zanjas. El olor blanco del frío. Los trinos quedan atrás, se disuelven a mis espaldas.
Camino con el peso suave del silencio que mis pasos fragmentan, luego un racimo de hojas cruje bajo mis pies; entonces pienso en un mundo que se está resquebrajando. Me detengo aquí, en este momento insonoro. Hay tanto para ver. La quietud de la esquina solitaria, la calle de tierra, cinco álamos pelados. Un camino y en el fondo del camino una casa con chimenea y el humo que trepa el aire. Puedo imaginar los troncos crepitando. Las breves chispas, el calor.
El resplandor contundente, la blancura en estos troncos magníficos que me acerco a tocar y lo tan terso de la madera helada bajo mis palmas. Me llevo ese frío cerámico en las manos.
En el camino flanqueado por casuarinas se escucha el mar. Se escucha un violín. Cierro los ojos y lo creo. El mar está cerca cuando sucede el viento. O un violín.
Más adelante, mucho más adelante, el rumor de un aplauso de hojas secas, ramas que el viento sacude.
Una dulzura como de miles de abanicos de seda ocurre cuando el viento estremece al ginkgo biloba, ahora de un amarillo absoluto. A sus pies, la alfombra de oro, un tapiz dorado se va mullendo un día tras otro. Nadie más atiende al baile de las hojas. Se sacuden como campanitas achatadas, muchas se desprenden y caen.
Desde lejos, se despliega la secuencia de especies variadas que serpentean a lo largo de las cuadras hasta la ruta. Apenas la brisa, llueven hojas. Miles de hojas; amarillas, doradas, marrones. Cuadras y cuadras. Llueven de todos los colores posibles. Tapizan las calles, cubren los cercos, llenan los vados. El otoño es una estampa mágica de la infancia. Un olor a chocolates, a budín de naranjas, a madre esperando.
Las hojas duras y espinosas de aquellas araucarias crean un contraste con las hojas tersas verde claro, amarillas, rojas de los liquidámbares.
Me lleno de otoño, de sus oros, del perfume a troncos quemados, del olor a frío que se impregna en los árboles, en todas las plantas, que trepa del pasto, de las hojas grises arrumbadas por el viento. Tanta belleza. Camino escuchando mis pasos.
©Katy Herendi








