Ramitas cortadas. Cerca del liquidámbar está el pasto salpicado de ramitas cortadas. Las palomas traman su nido cada día otra vez incansablemente. Las veo ir y volver. Las veo haciendo equilibrio entre los postes sobre los cables. Las veo cuando me miran si me detengo bajo el follaje a tratar de encontrar entre las hojas el progreso de su obra. Buscan ramas, las seleccionan, se toman el tiempo, las cortan. "Con el pico cortaba la rama, con la rama cortaba la flor", decía esa canción. Regresan y entretejen. Más de una vez el follaje abigarrado más el viento les juega una mala pasada, la rama elegida cae al vacío. Nunca recogen la rama caída. Buscan una nueva.
Katy Herendi escritora
miércoles, 12 de noviembre de 2025
Sabiduría ancestral
Ramitas cortadas. Cerca del liquidámbar está el pasto salpicado de ramitas cortadas. Las palomas traman su nido cada día otra vez incansablemente. Las veo ir y volver. Las veo haciendo equilibrio entre los postes sobre los cables. Las veo cuando me miran si me detengo bajo el follaje a tratar de encontrar entre las hojas el progreso de su obra. Buscan ramas, las seleccionan, se toman el tiempo, las cortan. "Con el pico cortaba la rama, con la rama cortaba la flor", decía esa canción. Regresan y entretejen. Más de una vez el follaje abigarrado más el viento les juega una mala pasada, la rama elegida cae al vacío. Nunca recogen la rama caída. Buscan una nueva.
miércoles, 24 de septiembre de 2025
Un hombre gentil
Se detiene un momento de espaldas a la clase, mira durante un segundo imperceptible el pizarrón después enseguida hacia el salón. Sus ojos sobrevuelan al manojo de alumnos como si precisara constatar que ese es el salón que le toca ahora. Cuando la información está validada en su interior deposita sus libros sobre el escritorio robusto y tan antiguo como la escuela misma. A sus espaldas el dibujo del pizarrón le desea ¡Feliz primavera, profe Bungaleri! pero él mantiene la mirada en la pared del fondo de la clase y nunca se da por enterado del dibujo que algunas manos dejaron ahí. El profesor Bungaleri carraspea una, dos veces. Voltea la mirada hacia los ventanales abiertos. Sus ojos ven el día en general, un poco gris y tibio. Enseguida se detienen en las variadas capas de verdes de los árboles del parque, achica los ojos como si fueran lentes de una cámara que precisa de un zoom, algo mucho más preciso, un acercamiento selectivo para descubrir y recorrer detalles y contornos, concavidades y relieves. Los grises del cielo resaltan los verdes. Sostiene ese pensamiento; como toda aquella mañana en cada una de las aulas. ¿Qué pasa con que sea primavera? ¿A quién le impacta tanto verde, tanta cosa, tanta algarabía? Y cómo justifican el gasto excesivo de papel crepe en los pasillos. Con qué necesidad las ventanas son tan altas. Se acerca por detrás de su escritorio y mira el parque desde otro ángulo, el campo de deportes, el estacionamiento, mucho más allá la ruta y atrás los cultivos. Recuerda cuando a veces la miraba dormir. La boca entreabierta y desubicada. Una aureola húmeda en la almohada, debajo de la boca. La recorría sin tocarla, mientras dormía, para saber si en sueños ella podía sentir su calor, la energía que emanaba de su mirada, de la ternura que se instalaba en la habitación. Recuerda lo mucho que le costó decir lo que sentía hasta que en la almohada quedó el hueco sin ella. Afuera todo es puro brote como si el mundo de pronto hubiese descubierto el milagro de la reproducción y lo hubiera derramado en la naturaleza: a puro colorido, el exceso natural desarrollándose espontáneamente segundo a segundo. Flores por todas partes, olor a tilo y a jazmines. Nadie mendiga otoño en primavera, piensa. Y de inmediato: ¿Que nadie mendiga qué cosa? Abandona su posición velada tras el escritorio, nadie debe descubrirlo así, en puntas de pie. Gira sobre sus talones de pronto, poniéndole punto final a su disgresión. Se abre el primer botón de la camisa, afloja el nudo de la corbata, se quita las gafas pequeñas y redondas. Con el pañuelo de tela inmaculada que extrae de su bolsillo limpia uno de los cristales, luego recuerda la efectividad de empañarlo con el vapor del aliento; vuelve a limpiar el mismo cristal. El otro lo limpia sin su aliento para probar la diferencia y además porque ya no quiere hacerlo igual. Se aburre pronto el profesor Bungaleri. Se pregunta si la primavera no tiene demasiada publicidad. Se pregunta si él podría hacer otras cosas de un modo distinto.
El profesor Eduardo Bungaleri acomoda los lentes sobre su pequeña nariz. Las mejillas delgadas, ligeramente atezadas, consecuencia de las caminatas diarias al parque con Theo, enmarcan los labios finos, siempre unidos pero que sin embargo de pronto hacen esos pequeños movimientos como olas para deletrear en silencio algo que lee; o sino repite para sí las últimas frases de su interlocutor como si tuviera que memorizar todo lo que escucha. En todos los otros momentos sus labios están unidos con firmeza; casi forzados. Viste pantalones de franela negra, brillosa, sin una arruga; hasta muy avanzada la primavera ni siquiera se quita su grueso abrigo. De todos modos, es elegante de un modo natural, es esa la impresión que causa, se distingue como alguien educado con buenos modos. Un hombre gentil, dicen todos, pero tan solitario. Él sabe que las personas dicen estas cosas. Él también se siente un buen hombre, de hecho lo es. Toma sus libros, los mismos que acababa de dejar en el escritorio, y ya está por salir cuando alguien del salón mueve una silla. El profesor Bungaleri abre los ojos con desmesura al registrar que está frente a la clase que por algún misterio divino ha permanecido silenciosa; y algo debe decir. Se queda observando, sus alumnos allí, sentados con esa actitud de complicidad que acostumbran a tener entre ellos. La chica de la primera fila, es terrible el profesor para recordar los apellidos, no le quita la mirada; levanta las cejas y con un gesto de la cara, casi utilizando la nariz como puntero, le señala algo en el escritorio; aunque podría ser la ventana la pared el cielo el sillón. El profesor Bungaleri mira todo a la vez buscando encontrar no sabe qué, y en el instante en que se vuelve para retornar al punto de partida, mirar a la chica, sus ojos lo barren todo en el regreso y las registra. Sobre la mesa de madera, en un pequeño vaso de vidrio del buffet ha regresado el ramito de fresias, esta vez son rojas. El profesor Eduardo Bungaleri aprieta con fuerza los puños para sostenerse y no salir corriendo un piso más abajo y un edificio más atrás, al parque florecido, a gritar loco de alegría, mira el suelo cierra los ojos, sonríe con la ternura aprendida no hace tanto y enfrenta a sus alumnos. Mira los ventanales que esta vez le parecen más bajos, y levantando la barbilla vuelve la mirada al alumnado. Dice, Feliz Primavera, y comienza la clase.
Katy Herendi
(2025)
domingo, 19 de enero de 2025
La niña y el ángel (2)
Lleva caracoles en los bolsillos. Sus tesoros del verano. Cada uno tiene el nombre que la niña les puso. Solo ella los conoce. Quizás deje a Imelda, la estrella de mar, para el ángel que todos ven de piedra, y que volteó la tempestad. La niña sabe bien que a los ángeles les gustan las estrellas y que las estrellas de mar anhelan ser parte del cielo. La niña también sabe que ni el ángel ni los caracoles, tampoco el que ella llama Imelda, carecen de corazones, dos que laten tibios, tan suaves que nadie los puede percibir. Por eso los obsequios. Para el ángel Imelda y para Imelda el ángel.
Katy Herendi, 2025
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Imagen de Pinterest (no menciona autoría)
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sábado, 18 de enero de 2025
La niña y el ángel (1)
Pequeña, de pie junto a la fuente mira fijo al ángel que está caído en el medio. Mira las alas entre el cúmulo de fragmentos de cemento. Un ala rota. Lo cubren las ramas, algo de óxido de hierro asoma como una herida expuesta. Los labios de la niña susurran, Pobrecito. Ahora cómo podrá volver a volar. La madre la toma de la mano, casi la arrastra hasta la calesita de la plaza. La niña se suelta de la mano urgente de la madre y vuelve a la fuente. Mira cómo quedó repleta de las ramas desprendidas por la tormenta, mira al ángel caído cubierto de ramas y piedras, un poco todavía se ve. Duerme, piensa la niña. El ángel está dormido, dice en voz alta la niña. Es un milagro que esté entero, dice la madre. Es el ángel de mi plaza, dice la niña, le van a volver a crecer las alas, ¿no mami? Seguramente, dice la madre. La niña sonríe. El ángel también sonríe.
Katy Herendi, 2025
Ilustración: Cicely Mary Barker
#textos #katyHerendiEscritora #angel
domingo, 29 de diciembre de 2024
Inaugural
Un camino serpenteante, dos pares de pies que dejan huellas suaves, las únicas. Bajan desde lo alto del médano, se pierden bordeando el agua, las pequeñas olas. Temprano por la mañana la playa lisa, planchada por la marea nocturna, con montoncitos de espuma sucia que la brisa despedaza, apenas entibiada por el sol recién salido, espera las huellas y las conserva, únicas y fundantes del día nuevo, solitarias hasta que la marea de turistas se apodere del lugar.
Todas las mañanas todo vuelve a empezar, se baraja y se vuelve a dar, el diseño es casi igual. Una pizarra inaugural.
Las gaviotas miran. Las pisadas comienzan temprano.
Katy Herendi, 2024
#huellas #oportunidad #KatyHerendiEscritora #KatyHerendi
martes, 10 de diciembre de 2024
La cara simple
Dos líneas suaves, finas, doradas, los ojos. Sin pestañas. La veo desde el suelo mientras estiro mi columna sobre la colchoneta, con las piernas descansando en el banco de madera de modo que formen un ángulo de 90 grados. Se supone que eso calmará mis dolores lumbares. Ella tiene los ojos cerrados, imagino que piensa. Le concedo ese don, el de pensar. O el de soñar. Una cara de cerámica que debe haber cumplido por lo menos cuarenta años, un poco menos tal vez. No tiene nombre, no tengo esa costumbre. Hay gente que le pone nombre a todo, a objetos que no precisan ser nombrados. A objetos, a partes del cuerpo. Al auto. A las plantas. Son costumbres. La cara no tiene nombre. La compré con mi primer sueldo. Estaba apenas visible, escondida entre otras muchas cosas: campanitas de cerámica, fuentes para horno, floreros, elefantitos con la trompa enroscada para poner un billete que traería fortuna al hogar, juegos de tacitas para café, en fin, montones de objetos en la vidriera de un negocio cerca de mi casa, en la esquina, donde estaba la parada del colectivo. Un bazar casi seguro. O una casa de regalos. Estaban de moda las cosas de cerámica. Creo que era un bazar. En medio de un pequeño caos estaba la cara. Había otra. Solo esas dos. La otra era muy colorida, tenía flores, un pañuelo con lunares, cintas de colores. Enseguida uno miraba esa, la de los colores. Esa cara llevaba una máscara, además, un antifaz pintado de azul con redondeles de distintos tamaños y colores. Capturaba la mirada. Pero a mí me gustó esta. Simple. Casi tímida. Me gustó porque tenía esa ala celeste que le sale del medio de la frente, una frente alada, salpicada de estrellas diminutas y doradas solo en el ala que nace de su frente, como una ceja.
La cara blanca, la boca roja. Simple. Con el tiempo le puse cintas finas que cuelgan de las orejas inexistentes.
A veces por lo cotidiano la olvido y no la veo. Pero cuando vuelvo a prestarle atención pienso que para mí ese ala que le sale de la frente representa La Imaginación. Nunca se me ocurrió que fuera otra cosa. Es la imaginación. Un vacío vasto, una posibilidad naciente, o todas, un campo donde todo es promesa. Esa frente alada saca a la luz una magia, conecta lo interno con lo externo, pone el deseo afuera como una conexión que no se extingue en el tiempo. Cuando la miro tantos años después siento que es el recordatorio de una etapa de mi vida. Un testigo. Como una marquita que uno se dibuja en la mano para recordar algo.
Quería hacer tantas cosas entonces. Tenía toda la vida por delante, toda entera. Sin usar. Quería ser veterinaria, escritora, actriz. Quería estudiar teatro. Quería ser actriz de teatro. Ocupar las tardes en ensayos hasta altas horas de la noche, mientras las calles estaban silenciosas y el mundo dormía. Me imaginaba un teatro a oscuras, los asientos vacíos, apenas visibles las primeras filas, mientras un sinnúmero de acontecimientos sucedía en el escenario, desplegando emociones, desplegando sentimientos, bajo un par de luces puntuales. Descubriendo otra yo dentro de mí que todavía no se había animado a mostrarse. Quería ser deslumbrante, ser parte de un grupo de teatro. No tenía la idea de ser famosa pero sí la de estar sobre un escenario siendo parte de un elenco. Ser otra. Tener algo que decir. Prestarles mi voz y mis formas a distintos personajes. De aprender nuevos enfoques, otros modos de decir, de ponerme ropajes de distintas épocas, de estar inmersa en una escenografía de cartón pintado y que esa fuera una "verdad".
Quería ser una persona nueva. Encontrarme conmigo, con alguien a quien finalmente no conocí.
Esa cara que miro desde el suelo, y que tanto hace que me acompaña, fue conmigo cuando me fui a vivir sola, cuando pensé que sería otra, cuando todo estaba por hacerse. Y me sigue acompañando ahora que quiero otras cosas, mientras escribo estas palabras, esa cara simple que supongo siempre amable, que no juzga, una cara simple que me recuerda en silencio de dónde vengo, qué cosas deseaba, que me sigue acompañando a seguir soñando, a seguir imaginando, como hace ella con los ojos cerrados, pero con los ojos abiertos y la ilusión ahí.
Katy Herendi (2024)
#textos #KatyHerendiEscritora #literatura
jueves, 5 de diciembre de 2024
Ausencia
Sonidos: el chirrido de las ruedas, algo que roza, algo que raspa, algo a lo que le falta lubricación. También el traqueteo de las piedritas del camino. Un hombre empujando la camilla o transportín, no sé cómo se llama, arriba va el ataúd con mi mamá adentro. Se iba sola sin nosotros, nunca más con nosotros el cuerpo del que nacimos, el continente que nos dió la vida, todo eso y más con el hombre que empujaba el transportín. Chau, mamá, pensé. Chau mami. Pensé en el perfume de sus manos. Detrás y alrededor de mí los conocidos se iban moviendo, abrazándonos, diciendo cosas cariñosas que no recuerdo, abrazos o manos que apretaban nuestros brazos, fuerza, salían de la capilla, volvían a sus días, a las compras del supermercado. El camino donde a mi madre seguían llevándosela comenzaba en un costado de la capilla, una especie de pared de vidrio. Dos paneles corredizos y un camino sinuoso bordeado de árboles, de plantas cuidadas y abundantes, florecidas porque casi era verano. Dos hombres empujaron los paneles de vidrio y después volvieron a cerrarlas. Yo escuchaba el chirrido de las ruedas a través de la gente, de los saludos, de algo que había que ir a firmar, de la mujer amable vestida de traje negro que nos explicaba cuándo retirar las cenizas y nos señalaba las chimeneas que se levantaban entre los árboles y nos entregó un folleto con fotos. Seguía escuchando el chirrido; hasta dónde iban a llegar. Un depósito. El crematorio. Pensé en la cara de mi mamá, a quien ya no vería más que en fotos, en gestos recordados que el tiempo transformaría en gestos nuevos, distintos. En el humo que exhalarían las chimeneas cuando procedieran. El teléfono ya no traería su voz del otro lado. Pensaba en eso cuando me preguntaron en qué pensaba, pero dije que en nada. Que no pensaba en nada de nada. Después ya no escuché más ese chirrido y escuché la ausencia.
Katy Herendi, 2024
La imagen de Pinterest sin mención de autoría
#KatyHerendi #KatyHerendiEscritora #textos #escrituradelyo
jueves, 28 de noviembre de 2024
Cuarentena
Estoy con una tos tremenda y muy congestionada. Tuve un año complicado con gripe bronquitis neumonía y ahora meses después, casi finalizando la primavera, me contagié covit hace un par de semanas. Me curé rápido, ya no es como antes, ahora los médicos la tratan como una gripe fuerte y está muy bien. Ya no es lo que era. Pero me queda esta tos y una congestión que se resisten a abandonarme.
Recién hablé con una amiga y me sugirió que porque no me hacía té de jengibre miel y limón y me di cuenta de que tenía todos los ingredientes y que nunca me había hecho un té de esos, a pesar de que el jengibre siempre lo compro para un día hacer té pero termino tirándolo porque irremediablemente se me seca en la heladera. No esta vez.
Estoy ante una taza de té humeante de exquisito aroma, Me siento cuidada a la distancia y mientras espero que se enfríe un poco y miro las volutas de vapor recordé estas notas que escribí durante la cuarentena.
*
Mi cuaderno de notas es un caos. Este cuaderno donde ahora tomo notas. Tengo otros dando vueltas que no guardo porque todavía tienen hojas en blanco. Espacio para escribir algo. También son caóticas. Doy vueltas antes de escribir. Es tarde. Ni sé cuán tarde es. El encierro nos tiene a todos con horarios confundidos, haciendo actividades que ni se nos hubiera antojado hacer sino fuera por este hito histórico que nos hace sentir que vivimos en un estado de distopía. Que en cualquier momento devendremos personajes con botas de piel, uñas rotas y mugrosas, gasas sucias alrededor de la frente, viviendo recluidos. Escondidos entre escombros de fábricas abandonadas. Huyendo unos de otros. Ahora quien tose es sospechoso. Qué tontería. Me siento mi propia rata de laboratorio. Mido las posibilidades de mi propia estupidez. O me siento creativa, nueva, una persona capaz de florecer en soledad, una nueva yo que desechará todas aquellas nimiedades que junté a lo largo de mi vida y para qué. Siento pena por la humanidad. Qué rápido podemos destruirnos. Qué frágiles resultamos ser. Me pierdo en los horarios, nunca sé qué día es. Antes tenía cierto horario, un relativo orden o secuencia que me imponía la llegada del día y su luz, la noche y sus oscuridades. Encima el otoño, casi invierno, gris es como una amenaza constante carente de esperanza. Estamos en casa. Nos quedamos en casa tratando de no ser visibles haciendo cosas que nunca antes. Un poco en silencio, escondidos para que el virus no nos vea. Comprando alimentos que lavamos obsesivamente con agua y lavandina. Dejando nuestra ropa y el calzado aislados para que suelten el virus pegoteado. Nunca tuvimos las cosas de la casa tan desinfectadas. Hay pájaros por acá que no había visto antes. Garzas negras, garzas blancas en los techos. Un pájaro rarísimo que estuvo largos minutos en el poste de la luz de la calle. Imagino calles solitarias. Imagino el mundo solo. Gente enferma, ancianos que necesitan ayuda. Gente sola. Pienso en la calle donde antes vivía, no sé porqué pienso en esa casa; en la parte de calle que veía desde el dormitorio. Los plátanos, los coches estacionados, el barrio bien barrio donde nos conocíamos casi todos. Qué estará haciendo la gente de mi barrio en esta pandemia. Los de siempre viendo sus jardines por las ventanas, viendo lo que se ve de los jardines de los demás. Alguien paseando al perro. Viendo caer las hojas. Cosiendo barbijos. Yo cosí algunos que salieron rarísimos, mal porque no sé coser. En el video de youtube una chica hizo varios en minutos. Fáciles. Tardé seis horas en hacer el primero. Hice una pila de libros para releer. Resultaron ser distintos a lo que recordaba. Ahora soy otra distinta de la que leyó esos libros hace mucho. Y además mi memoria. La segunda lectura con más años es otra cosa. La tercera debe ser mejor. Madame Bovary resulta que no la había leído, estaba segura que sí. Hospital de ranas de Lorrie Moore me sigue encantando pero en mi memoria inventé escenas que el libro no tiene.
Hace un rato sin querer vi a unos vecinos dejando salir de su garaje el auto de unos amigos, en silencio todos. La calle solitaria y helada. Se saludaron sin estridencias. Ninguno tenía barbijo. Tenían la casa a oscuras. Guardaron su auto después de que los amigos se fueron. Son las tres de la mañana. Los ví desde una ventana a oscuras porque escuché ruidos y me asusté. El barrio es un silencio absoluto. Algunas luces están encendidas. Andamos todos desvelados. Vimos todas las series de Netflix. Tarde, algunos salen a caminar con barbijos. Solos, sin cruzarse de cerca con nadie. Solos pero con barbijos. Yo no quiero salir. Ni a la esquina, ni a la puerta. Hago budines de harina integral muy seguido. Ya me aprendí la receta de memoria. Lo hago con ligeras variantes. Amaso fideos. Tejo y destejo. Hacemos reuniones por zoom con amigas, con mi hijo y la novia y por un rato nos atolondramos hablando a la vez, nos reímos un rato y olvidamos que estamos lejos por un breve tiempo. Salvo que no podemos abrazarnos. Festejamos cumpleaños por zoom. Nos vestimos como si fuésemos a salir. Me pongo perfume.
Hay días que parecen una serie noruega distópica. Veo videos de animales que curiosean en pueblos, que salen de los bosques, que andan por Venecia, que andan por los jardines, en las piletas, en las galerías. Un parque temático donde pueden experimentar cómo vive un humano.
En este cuaderno hay caos, frases de libros que leí, recetas, una de una tarta muy rica de cebollas rojas. Algo que dijo un director de cine y que una escritora mencionó. Busqué la frase pero no era exactamente como ella la recordaba. La que ella recordaba era mejor. El caos de mi cuaderno incluye textos breves que escribí sobre mi mamá, pensando en ella. Cómo transitaría ella esta cuarentena, este encierro. Seguramente con alguna de nosotras, o mi hermana o yo. Sola no.
Uno de nuestros vecinos murió de covid. Me lo dice el muchacho que cobra la vigilancia. Me lo dice como si fuese un secreto que debemos conservar entre nosotros. El tano, así le decían, se fue a revisar solo porque no se sentía bien. Le avisó a Inés, la esposa, por teléfono, que lo dejaban internado dijo. Después de semanas a ella le avisaron que él había muerto. Que no le darían el cuerpo porque había que incinerarlo. Así terminó el matrimonio de ellos. La última cosa que hicieron juntos fue un café rápido antes de que él saliera. Un hasta luego porque total después se veían de nuevo. Como todos los días. No hay nadie en esa casa desde el verano. La usaban solamente en el verano. A veces en Pascua. El muchacho que cobra la vigilancia me dice que hay un cartel en la puerta, la casa está en venta. Que sí sé de alguien. Qué rápido pusieron la casa en venta,le digo. No, dice, el hombre murió hace meses, un montón de tiempo. Cómo no lo presentí. Una pregunta estúpida. Por qué tendría que haberlo presentido.
El hermano de alguien que conozco muere y no se lo puede despedir. No murió por covit pero igual no se puede hacer velatorios. Es desesperante no poder despedirse. La familia está desesperada y un poco resignada, con la voluntad quebrada, y los amigos se despiden a través de mensajes compartidos, en grupos de whatsapp. Comparten fotos.
Creo que podría acostumbrarme a no salir. La plaza de mi barrio está a una cuadra y hace meses que no voy. Una cuadra. Le cuento eso a una amiga y se queda callada, después me dice que salga, si no hay nadie en ninguna parte. Que aproveche el espacio. Igual no voy. No voy ni a la puerta, hace mucho que no piso ni mi propia vereda. Pienso mucho en la gente que se muere sola. En los familiares. Le digo a la secretaria de mi médica que si hacemos los controles más adelante me dice que no. Que los controles son necesarios. Nos preparamos para ir a Olivos. Gestionamos permisos para ir, para ir en auto, para que nos permitan transitar la panamericana. Hay tramos que la municipalidad hizo cerrar con montañas de tierra. Qué pasaría si una ambulancia precisa pasar. En la panamericana hay muchos más autos de los que pensé que vería. Es extraño, como volver de un viaje, de un retiro espiritual. Tantos autos. Como si fuese algo fuera de lo normal. Todos con barbijos. Demoramos hasta que por fin nos dejan pasar entre el cordón policial. Pienso que en Olivos, en la calle no va a haber nadie. Qué va a hacer mi marido mientras espero en el consultorio, porque no se puede ir acompañada. Me sigue preocupando hasta que llegamos. La avenida Maipú está repleta de gente, es desesperante. Hay coches, colectivos, negocios abiertos, gente con bolsas de compras. Gente por todos lados, cruzando la avenida, esperando en los semáforos. Todo es un caos. Escribo el caos en mi cuaderno.
Me siento engañada. Cuánto falta para que termine la pandemia.
Katy Herendi (2020/2024)
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lunes, 4 de noviembre de 2024
subrayados
Si uniera todas las frases subrayadas de todos los libros que leí me contaría cosas sobre mí que desconozco.
Katy Herendi
Imagen web
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Reflejo
En mi casa no había espejos, salvo el del botiquín del baño. Un espejo en el centro un poco más grande que los dos angostos de los costados. Los tres espejos eran puertas en donde las mañanas de mi padre comenzaban.
En el resto de la casa no había espejos. No sabía cómo me quedaba la ropa, el uniforme de la escuela, el vestido para esa fiesta de 15, o el anorak que por fin me compró mi madre.
Mi madre era quien decía cómo me quedaban las cosas; aburrida, con el acápite acostumbrado, Justo ahora que estoy ocupada.
Seria, distante, sin adjetivos. Así estaba ella después, cuando mi papá se nos murió.
Pensaba que un día sus exclamaciones de admiración aparecerían de improviso, repentinas como las mariposas en primavera o las golosinas de las piñatas y que su algarabía nueva se nos pegaría a la ropa y al pelo, lentejuelas plateadas y serpentinas alucinadas.
Yo pensaba.
Esperaba.
Pero me dejaba sola sin espejos sin verme reflejada en ninguna parte preguntándome cómo era que otra vez la había defraudado.
Todavía hoy cuando veo mi reflejo en cualquier espejo, o alguna vidriera se pone en mi camino a devolverme mi imagen, me pregunto si está bien que esa sea yo. Si hay algo que no estoy viendo bien, si hay algo que no entiendo. Me da vergüenza verme, no logro reconocer a esa persona en el reflejo. No sé quién es y le pregunto. Pero el reflejo está ocupado en reflejar otras cosas y hace de cuenta que no me escucha.
Katy Herendi, 2024
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(Foto web)
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miércoles, 23 de octubre de 2024
y llueve
Ramas que se mueven como pájaros y pájaros que se confunden entre las ramas.
La calandria va a seguir viniendo; ese pájaro va a seguir mirando esta ventana para ver si encuentra la comida del gato aunque un día, pronto, nuestro último gato ya no esté, tampoco su plato.
Un zorzal me mira como si esperara respuesta. Y llueve.
Sabiduría ancestral
Ramitas cortadas. Cerca del liquidámbar está el pasto salpicado de ramitas cortadas. Las palomas traman su nido cada día otra vez incansa...
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Ramitas cortadas. Cerca del liquidámbar está el pasto salpicado de ramitas cortadas. Las palomas traman su nido cada día otra vez incansa...
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Se detiene un momento de espaldas a la clase, mira durante un segundo imperceptible el pizarrón después enseguida hacia el salón. Sus ojos s...







